Había llegado el momento de hacer algo.
Tomé los frascos otra vez.
Los fui poniendo sobre la mesa como si, al ordenarlos, también pudiera ordenar un poco todo lo que estaba pasando dentro de mí.
Después busqué unas telas.
No sabía muy bien qué estaba haciendo.
Solo sentía que esos frascos merecían verse tan especiales como la historia que llevaban dentro.
Las corté.
Las até como pude.
Las desarmé.
Las volví a hacer.
Era extraño.
Los había visto toda la vida.
Habían pasado por mis manos una y otra vez.
Habían viajado conmigo desde el sur.
Los había regalado.
Incluso los había vendido a precios ridículamente bajos, casi sin pensarlo.
Y, sin embargo, era como si recién ese día estuviera viéndolos de verdad.
Recuerdo que no podía dejar de mirarlos.
Entonces entendí que necesitaban un nombre.
Y ahí apareció otro problema.
Rayos... un nombre.
Empecé a jugar con palabras.
Con acrónimos.
Con significados.
Probé con mi nombre.
Con el de mi mamá.
Con el de mi papá.
Con el de mi hermana.
Hasta con los nombres de mis perros.
Nada.
No aparecía nada.
Los días pasaban.
Los frascos seguían sobre la mesa.
Y yo seguía dándoles vueltas.
Hasta que, después de casi tres días, ocurrió.
Fue casi un susurro.
Arte...
Esto es un arte.
Pensé en aquella galería.
Pensé en las manos de mi mamá.
Pensé en todo lo que había detrás de esos frascos.
Y lo entendí.
No podía llamarse de otra manera.
Arte Sur.
Sentí que ese nombre también era una forma de honrar de dónde venía.
Como ocurre con muchas de las decisiones importantes de la vida, ese nombre no le decía absolutamente nada a nadie.
Excepto a mí.
Y, curiosamente, eso era suficiente.
Resonaba fuerte.
Tenía un significado.
Y algún día esperaba que otras personas también pudieran descubrirlo.
Con el nombre listo y los sombreros de los frascos todavía a medio vestir, llegó el momento de hacer las primeras etiquetas.
Muy distintas a las de hoy, por cierto.
Hechas con muchísimo más cariño que conocimiento.
Las pegaba.
Las despegaba.
Las cambiaba de lugar.
Las volvía a mirar.
Y volvía a empezar.
Podría decirte que en ese momento estaba llena de seguridad.
Pero no sería verdad.
Cada cierto rato aparecía la misma pregunta.
¿Qué estoy haciendo?
No era miedo a trabajar.
Toda mi vida había trabajado.
Era miedo a ilusionarme otra vez.
Miedo a volver a equivocarme.
Miedo a entusiasmarme con una idea que, como tantas otras, terminara quedándose a medio camino.
Pero había algo diferente.
Por primera vez no estaba intentando parecerme a lo que otros esperaban de mí.
Estaba haciendo algo que, aunque todavía no sabía explicar, sentía profundamente mío.
Así que seguí.
Cuando terminé de preparar los frascos, los miré durante un largo rato.
No porque estuvieran perfectos.
Porque no lo estaban.
Los miré porque, por primera vez, sentía que estaba viendo una parte de mí sobre esa mesa.
Respiré hondo.
Bien profundo.
Tan profundo que recuerdo haber contenido la respiración durante varios segundos.
Solté el aire.
Me armé de valor.
Guardé cada frasco con muchísimo cuidado dentro de mi mochila.
Y salí.
Todavía me da un poco de risa recordar ese momento.
Porque llevaba esos frascos casi con vergüenza.
Como si estuviera mostrando una parte muy íntima de mí que todavía no sabía si tenía sentido compartir.
No iba a vender.
Ni siquiera iba buscando que alguien me dijera que tenía una buena idea.
Solo necesitaba que alguien me escuchara.
Así llegué a la Municipalidad de Santiago.
Entré a la Unidad de Desarrollo Local con mi mochila al hombro, unos cuantos frascos de mermelada y un montón de preguntas que todavía no sabía responder.
No tenía idea de lo que era un plan de negocios.
No sabía cómo se construía una marca.
No conocía el mundo del emprendimiento.
La verdad, para ser sincera, solo tenía una idea.
Y una intuición que me pedía, con una fuerza que nunca había sentido antes, que no la dejara pasar.
Respiré hondo una vez más.
Empujé la puerta.
Y entré.
Sin saber que, al otro lado, me esperaba una conversación que cambiaría el rumbo de todo lo que vendría después.
Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.
