Volví al campo para recordar lo que la ciudad me había hecho olvidar.

Hay una fotografía que siempre vuelve a mí.

Debo tener unos dos años. Al fondo aparece la casa de mis padres en Melipeuco aún en construcción. Todo parece más grande de lo que realmente era. El campo, las montañas, los cercos de madera y los sueños de quienes estaban levantando ese hogar.

En la imagen aparece algo que siempre me hace sonreír.

Mientras mi tata Basilio y mi madre observan desde atrás, yo estoy intentando cruzar un cerco. Mi padre está detrás de la cámara tomando la fotografía.

No estoy quieta.

No estoy esperando.

Estoy tratando de pasar al otro lado.

Con los años he pensado muchas veces en esa fotografía. Quizás porque, sin saberlo, refleja gran parte de lo que ha sido mi vida.

Nací en el sur de Chile, rodeada de volcanes, bosques, lluvias interminables y personas que entienden que la vida tiene sus propios ritmos. Crecí observando cómo las estaciones marcaban el trabajo, cómo la naturaleza enseñaba paciencia y cómo las familias aprendían a salir adelante incluso cuando las condiciones no eran fáciles.

Pero también crecí escuchando algo que mis padres repetían constantemente.

Si te duele algo, muévete.

Si estás triste, muévete.

Si necesitas inspiración, camina.

Si quieres despejar tu mente, muévete.

Y cuando tu cuerpo te pida descansar, descansa.

No era una filosofía escrita en un libro.

Era una forma de vivir.

Hoy entiendo que detrás de esas palabras había una enseñanza mucho más profunda. La vida cambia cuando dejamos de quedarnos paralizados frente a los problemas y comenzamos a avanzar, aunque sea un paso a la vez.

Por eso, cuando llegó el momento de salir de Melipeuco para estudiar, lo hice.

Cuando llegó el momento de cambiar de trabajo, lo hice.

Cuando sentí que necesitaba buscar algo que me conectara con un propósito más profundo, también lo hice.

Muchas veces con miedo.

Muchas veces sin saber exactamente hacia dónde iba.

Pero avanzando.

Porque quedarse inmóvil nunca fue parte de lo que aprendí.

Con los años descubrí algo curioso. Aunque viajé, estudié, trabajé en distintos lugares y conocí otras realidades, siempre terminaba volviendo a las mismas enseñanzas que nacieron en el sur.

La importancia de las personas.

El valor de la tierra.

La satisfacción de crear algo con las propias manos.

La necesidad de vivir con propósito.

Y quizás eso era justamente lo que había estado buscando durante años.

No una respuesta perfecta.

No una fórmula mágica.

Sino una forma de vivir que estuviera más alineada con quien realmente era.

Con la niña que creció entre volcanes, huertas, cocinas encendidas y conversaciones largas alrededor de una mesa y un mate.

Volví al campo para recordar lo que la ciudad me había hecho olvidar.

Y fue precisamente desde esa búsqueda que nació Arte Sur Chile.

No como un negocio.

No como una marca.

Sino como una forma de unir todo aquello que me había acompañado desde niña.

Las historias familiares.

Los productos de la tierra.

Los agricultores.

Las conservas.

Las semillas.

Los aprendizajes.

Y la convicción de que siempre es posible volver a empezar.

Porque a veces la vida también exige detenerse.

Yo suelo decir que me hago bolita y desaparezco un rato.

Necesito silencio.

Necesito observar.

Necesito volver a conectar conmigo misma.

Y cuando recupero energía, vuelvo a moverme.

Tal como me enseñaron.

Tal como intentaba hacerlo aquella niña que aparecía cruzando un cerco de madera en una fotografía tomada hace más de cuarenta años.

Hoy entiendo que no estaba escapando de ningún lugar.

Estaba siguiendo una enseñanza que me acompañó desde siempre.

Moverme.

Avanzar.

Explorar.

Equivocarme.

Descansar cuando fuera necesario.

Y volver a intentarlo.

Estaba comenzando un viaje.

Uno que todavía continúa.

Por eso en Arte Sur creemos que cada persona tiene su propio camino, sus propios tiempos y su propia manera de encontrar propósito. A veces ese propósito aparece en un huerto. A veces en una conserva o  una simple mermelada como fue mi caso. A veces en un emprendimiento. Y otras veces simplemente aparece cuando nos atrevemos a dar el siguiente paso.

Porque a veces debemos alejarnos de nuestras raíces para comprender cuánto las necesitamos.

Quizás por eso sigo guardando aquella fotografía.

Porque cada vez que la miro recuerdo que, mucho antes de emprender, mucho antes de encontrar respuestas, ya estaba intentando cruzar mi primer cerco.

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.