No sé si alguna vez has sentido que estás buscando algo sin saber exactamente qué es.
A mí me pasó durante muchos años.
Y lo curioso es que, mientras más buscaba, más convencida estaba de que la respuesta estaba afuera.
Intenté muchas cosas.
Algunas salieron mal.
Otras simplemente no eran para mí.
Y durante mucho tiempo pensé que simplemente todavía no encontraba "lo correcto".
Con los años entendí que el problema nunca había sido equivocarme.
El problema era que seguía buscando una versión de mí que encajara en lugares que no habían sido hechos para mí.
Y eso es distinto.
Muy distinto.
Durante mucho tiempo traté de adaptarme.
De cumplir.
De hacer lo que se esperaba.
De convertirme en alguien que pareciera tener todo claro.
Pero había algo dentro de mí que seguía haciendo preguntas.
No preguntas sobre dinero.
No preguntas sobre éxito.
Preguntas mucho más incómodas.
¿Esta vida se parece a la que realmente quiero vivir?
¿O solamente estoy haciendo lo que se supone que debería hacer?
No recuerdo el día.
No recuerdo la hora.
Solo recuerdo que fue después de salir del trabajo.
Una amiga me dijo que fuéramos a ver a otra amiga que estaba exponiendo en una galería de arte en Bellavista.
Fui casi por compromiso.
Sin imaginar que esa salida iba a quedarse conmigo durante tantos años.
Cuando entré, el lugar era precioso.
Había madera.
Había lana.
Había pintura.
Había barnices.
Había ese aroma difícil de explicar que mezcla materiales, trabajo y manos creando cosas.
Pero no fueron las pinturas las que llamaron mi atención.
Ni siquiera ese ambiente que, de alguna forma, me recordó al campo, a la familia y a una sensación de cercanía que no sabía explicar.
Lo que realmente me impactó fueron las personas.
Había algo en ellas.
Hablaban de sus emprendimientos con una pasión que yo nunca había visto tan de cerca.
Tenían los ojos brillantes.
Sonreían mientras contaban lo que hacían.
Explicaban con una naturalidad enorme cómo habían creado sus productos, cómo los hacían, por qué existían.
Y yo no podía dejar de mirarlas.
No era admiración por lo que vendían.
Era admiración por lo que sentían.
Había una energía que se contagiaba.
Una pasión tranquila.
Una felicidad difícil de esconder.
Y, sin darme cuenta, empecé a hacerme una pregunta que hasta ese momento nunca me había formulado.
¿Por qué yo no siento eso?
La respuesta no llegó.
Lo que llegó fue otra cosa.
Fue casi instintivo.
Me descubrí pensando:
Yo quiero sentir eso.
Quiero hablar con esa pasión.
Quiero que mis ojos brillen mientras cuento lo que hago.
Quiero que mis manos expliquen con orgullo algo que haya construido y que realmente sienta mío.
Y casi sin dejar espacio entre un pensamiento y otro, apareció la siguiente pregunta.
¿Cómo llego ahí?
No encontré la respuesta ese día.
Salí de esa feria exactamente igual que como había entrado.
Seguía trabajando en salud.
Seguía viviendo la misma vida.
Seguía sin saber qué hacer.
La única diferencia era que ya no podía dejar de pensar en esas preguntas.
¿Por qué yo no siento eso?
¿Qué tendría que cambiar para sentirlo?
¿En qué soy realmente buena, que no sea trabajar en salud?
¿Qué puedo construir con mis propias manos?
¿Cuáles son mis fortalezas?
¿Cuáles son mis límites?
Por primera vez en mucho tiempo, dejé de correr de un lado para otro buscando respuestas y simplemente me detuve a pensar.
Mirando hacia atrás, siento que fue como si mi brújula hubiera dejado de girar en círculos de manera errante.
No marcaba un destino.
Todavía no.
Solo había dejado de girar.
Pasaron semanas.
Seguí trabajando.
Seguí levantándome todos los días para hacer lo que siempre había hecho.
Por fuera parecía que nada había cambiado.
Por dentro, ya no podía dejar de hacerme preguntas.
No tenía respuestas.
No tenía un plan.
Ni siquiera tenía una idea.
Solo sabía que la respuesta no estaba donde había estado buscando hasta entonces.
En ese momento solo tenía preguntas.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me pareció una mala idea.
Con el tiempo entendí que durante muchos años había estado buscando mi norte.
Como si hubiera un único lugar correcto al que todos debiéramos llegar.
Y quizás lo había perdido.
Pero mi brújula había dejado de girar.
Eso ya era suficiente.
Mucho tiempo después entendería algo que entonces todavía era incapaz de ver.
Había perdido el norte.
Pero todavía tenía mi Sur.
Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.
