Durante mucho tiempo pensé que el problema era que todavía no encontraba el trabajo correcto.
Después creí que el problema era que me faltaban estudios.
Y más tarde pensé que simplemente tenía que insistir un poco más.
Mirándolo hacia atrás, me doy cuenta de que estaba intentando ponerle nombre a algo que ni siquiera sabía explicar.
Cuando llegué a Santiago trabajaba en el área de salud.
Era lo que había estudiado.
Era lo que sabía hacer.
Y, visto desde afuera, cualquiera habría pensado que tenía el camino bastante claro.
Pero por dentro había algo que seguía inquieto.
No sabía cómo decirlo.
Solo sabía que había una parte de mí que no terminaba de encontrar su lugar.
Por eso, mientras trabajaba, tomé una decisión que para mí era enorme: volver a estudiar.
Ingresé a Administración de Empresas convencida de que quizás ahí estaba la respuesta.
Durante años estudié con la ilusión de que, al terminar, podría cambiar de rumbo con relativa facilidad y cambiarme de área.
Pero cuando llegó ese momento, la realidad fue muy distinta.
En las entrevistas me hacían una pregunta completamente lógica:
—¿Cuál es su experiencia laboral?
Y yo respondía con la verdad.
Salud.
Unidad coronaria.
Pabellón.
Entonces venía la siguiente pregunta.
—¿Y por qué quiere cambiarse al mundo de los negocios?
Nunca supe responderla.
No porque no tuviera una respuesta.
Sino porque todavía no sabía ponerla en palabras.
¿Cómo le explicas a alguien que no te sientes donde perteneces?
¿Cómo le dices a un reclutador que no estás arrancando de una profesión, sino buscando una vida que todavía no sabes describir?
Las empresas buscan certezas.
Yo estaba llena de preguntas.
Y eso fue profundamente frustrante.
Aun así, seguí intentando.
Dejé currículums donde pude.
Recuerdo especialmente un banco que quedaba cerca del departamento donde vivía.
Insistí tanto que debo haber dejado más de veinte veces mi currículum.
Quería entrar.
Sentía que si lograba esa oportunidad, por fin todo iba a acomodarse.
Hasta que un día me llamaron. Sinceramente fue por insistencia.
Pasé la inducción.
Comencé a trabajar.
Y bastaron apenas unas semanas para descubrir algo que me costó aceptar.
Tampoco era ahí.
Recuerdo la sensación de volver a mi casa pensando:
"¿Entonces qué estoy buscando?"
Después vinieron otros intentos.
Isapres.
Seguros.
Trabajos administrativos.
Pequeños emprendimientos.
Hubo cupcakes. y Sí como lo lees. También hubo cupcakes.
Y si ves la foto, probablemente entiendas por qué ese negocio no prosperó.
Menos mal no seguí como pastelera, porque definitivamente ahí no era.
Lo curioso es que durante mucho tiempo pensé que esos intentos habían sido fracasos.
Hoy los miro con otros ojos.
No veo cupcakes mal decorados.
Veo a una mujer que estaba buscando desesperadamente un lugar donde sentir que pertenecía.
Una mujer que estudiaba, trabajaba, cambiaba de rumbo, volvía a empezar y seguía insistiendo aunque casi nada resultara.
Y, aunque hoy me río de ese pequeño cupcake con cara de diablito, también le tengo mucho cariño.
Porque detrás de esos ojitos chuecos y esa lengua salida había algo muy real: alguien que todavía no encontraba su camino, pero que seguía teniendo el valor de intentarlo una vez más.
Hubo ventas puerta a puerta.
Hubo ideas que quedaron solo en una libreta.
Hubo otras que alcanzaron a caminar unos pasos antes de detenerse.
Y cada vez que algo no resultaba, volvía a la salud. Como si fuese mi carta bajo la manga.
Porque había cuentas que pagar.
Porque había que seguir viviendo.
Porque había responsabilidades que no esperaban a que uno encontrara el sentido de su vida.
Así pasaron meses.
Después años.
Me caía.
Lloraba una tarde.
Me lavaba la cara.
Y al día siguiente volvía a salir.
No había mucho espacio para quedarse en el suelo.
Con el tiempo entendí que todos esos intentos nunca fueron un fracaso.
Estaban haciendo otra cosa.
Me estaban forjando, me estaban acercando, poco a poco, a mí misma.
Aunque en ese momento todavía no era capaz de verlo.
Y curiosamente, cuando dejé de buscar una respuesta espectacular, la vida empezó a prepararme para encontrarla en el lugar más simple e inesperado.
Pero esa historia merece ser contada aparte.
