Pases días pensando y no lograba olvidar esos ojos.

Los ojos de aquellas personas que conocí en esa feria artesanal que tanto me inspiro.

No porque vendieran cosas bonitas.

No porque sus productos fueran perfectos.

Sino porque hablaban de lo que hacían con una luz que yo no sabía explicar.

Una luz que me dejó incómoda.

Una luz que me hizo preguntarme, quizás por primera vez con verdadera honestidad:

¿Por qué yo no siento esa pasión?

Esa pregunta se quedó conmigo.

Me acompañó mientras seguía trabajando.

Mientras seguía intentando.

Mientras seguía probando caminos que, aunque parecían posibles, no terminaban de parecerse a mí.

En esa época ya había intentado muchas cosas.

Seguía ligada al mundo de la salud.

Había estudiado una segunda carrera.

Había dejado cientos de currículums.

Había insistido en lugares donde pensé que por fin encontraría una respuesta.

Hubo ventas puerta a puerta.

Hubo proyectos que duraron poco.

Hubo ideas que parecían buenas y nunca despegaron.

Y sí.

También hubo cupcakes. como olvidarlos jajaja

Durante mucho tiempo pensé que simplemente seguía buscando el proyecto correcto.

Con los años entendí que no estaba buscando un proyecto.

Estaba buscándome a mí.

También entendí otra cosa.

Existen personas que tienen una idea maravillosa y nunca se atreven a dar el primer paso.

Pero existe otro grupo del que casi no se habla.

Los que no dejan de buscar.

Los que prueban.

Los que se equivocan.

Los que cambian de rumbo.

Los que vuelven a empezar una y otra vez.

Los que insisten.

Yo pertenecía a ese último grupo.

Mirando hacia atrás, muchas veces siento que viví como Candy buscando la flor de siete colores.

Convencida de que estaba escondida en algún lugar afuera de mi mundo.

En otro trabajo.

En otra carrera.

En otro proyecto.

En otra oportunidad.

Seguía caminando porque estaba convencida de que la respuesta estaba en otro lugar.

Hace un tiempo leí un dato que se me quedó grabado.

Decía que una enorme mayoría de las personas, más del 90%, que alguna vez tienen una idea de negocio nunca llegan a ponerla en marcha.

Me hizo pensar mucho.

Pero con el tiempo comprendí que incluso quienes sí empiezan tampoco tienen el camino asegurado.

También fracasan.

También se reinventan.

También vuelven a empezar.

La diferencia no es que tengan menos miedo.

Es que siguen caminando incluso con el miedo al lado.

Yo todavía seguía caminando.

Seguía buscando.

Y entonces ocurrió algo que parecía completamente insignificante.

Un día llegué a mi casa sin ninguna respuesta.

Solo con esa sensación extraña que aparece cuando uno sabe que algo importante está pasando, pero todavía no lograba entender qué era.

Abrí un mueble de la cocina buscando cualquier otra cosa.

Y ahí estaban.

Una fila de frascos.

Mermelada de durazno.

De ciruela.

Rosa mosqueta.

Conservas de cereza.

Los sabores más tradicionales del campo hechos por las manos hábiles de mi madre.

Nada extraordinario.

O, al menos, eso había pensado toda mi vida.

Los saqué con calma.

Los puse sobre la mesa.

Después me senté en el suelo y me quedé mirándolos.

No sé cuánto rato pasó.

No estaba pensando.

Estaba recordando.

Recordé los viajes al sur.

Las teteras hirviendo durante horas.

Los canastos llenos de fruta.

Las manos de mi mamá trabajando con esa paciencia infinita que solo tienen las personas que hacen las cosas con amor.

Recordé el olor de la cocina.

Las sobremesas.

Las risas.

Los caminos de tierra.

Y, de pronto, entendí algo que jamás había pensado antes.

La flor nunca había estado escondida.

Siempre había estado en mi propio jardín.

Siempre había viajado conmigo.

Siempre había tenido el rostro de mi mamá.

Siempre había tenido el sabor del sur.

Y en ese instante sentí una mezcla muy difícil de explicar.

No fue euforia.

No fue una iluminación.

Fue una certeza tranquila.

De esas que no hacen ruido.

Miré nuevamente los frascos.

Y pensé, casi en silencio:

“Esto puede funcionar.”

No porque acabara de descubrir una gran oportunidad de negocio.

Sino porque, por primera vez en muchísimo tiempo, no estaba intentando convertirme en alguien distinto para encontrar mi lugar.

Por primera vez sentía que el camino se parecía a mí.

Y creo que esa fue la verdadera diferencia.

Hasta entonces había pasado años buscando una respuesta afuera.

Ese día entendí que la búsqueda acababa de cambiar de dirección.

Ya no estaba mirando el mundo para descubrir quién debía ser.

Por primera vez estaba mirando hacia adentro para recordar quién había sido siempre.

Quizás yo no tenía que inventar algo extraordinario.

Quizás solo tenía que aprender a contar la historia de cosas extraordinarias que siempre habían estado frente a mí y que, por alguna razón, había dejado de ver.

Porque la flor nunca estuvo perdida.

La que llevaba años mirando para el lugar equivocado era yo.

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.