Si me hubieras preguntado hace algunos años qué me estaba pasando, probablemente no habría sabido responderte.

De hecho, durante mucho tiempo pensé que no me estaba pasando nada.

Simplemente seguía viviendo.

Me levantaba.

Iba a trabajar.

Cumplía con mis responsabilidades.

Volvía a la casa.

Y al día siguiente hacía exactamente lo mismo.

Pero había mañanas en que abría los ojos y el primer pensamiento que aparecía era siempre el mismo.

"No me quiero levantar."

No era flojera.

No era falta de responsabilidad.

Porque igual me levantaba.

Apagaba el despertador una vez.

Y otra.

Y otra más.

Después me arreglaba, llegaba puntual y hacía mi trabajo.

Quienes trabajaron conmigo saben que siempre he sido muy comprometida con lo que hago.

Por fuera seguía funcionando.

Por dentro, había algo que no lograba entender.

Había días buenos.

Días en que me sentía con energía.

Me reía.

Disfrutaba.

Sentía que por fin había encontrado mi lugar.

Y después, sin saber muy bien por qué, volvía esa sensación de vacío.

Una opresión en el pecho.

Ganas de llorar.

Rabia.

Confusión.

Y una pregunta que aparecía cada vez con más fuerza.

¿Qué me está pasando?

Pensé que el problema era el trabajo.

Entonces cambié de trabajo.

Pensé que era el lugar.

Entonces cambié de lugar.

Pensé que era el ambiente.

Entonces volví a cambiar.

Y cada vez que llegaba a un lugar nuevo sentía la esperanza de que ahora sí iba a encontrar eso que estaba buscando.

Conocí personas extraordinarias.

Profesionales de una calidad humana y profesional enorme, de quienes aprendí muchísimo.

Nunca sentí que el problema fueran ellos.

De hecho, muchas veces los admiraba profundamente.

Pero empecé a observar sus vidas con otros ojos.

Veía personas tremendamente comprometidas con su profesión.

Veía esfuerzo.

Veía sacrificio.

Veía dedicación.

Y al mismo tiempo me sorprendía haciéndome preguntas sobre la vida que yo quería construir para mí.

No porque hubiera una forma correcta de vivir.

No porque creyera que mi camino era mejor.

Simplemente porque empecé a descubrir que no todos soñamos con las mismas cosas.

Y que está bien que así sea.

Con el tiempo llegaron las crisis de pánico.

Hoy no las miro con vergüenza.

Tampoco como una medalla.

Las miro como una señal de que había algo dentro de mí que llevaba mucho tiempo intentando hacerse escuchar.

Y quizás lo más difícil de todo era que nadie alrededor podía verlo.

Porque yo seguía funcionando.

Seguía cumpliendo.

Seguía llegando a tiempo.

Seguía haciendo lo que tenía que hacer.

Pero cada vez me costaba más reconocerme a mí misma.

Cuando iba en la micro o en el metro, muchas veces miraba por la ventana y me hacía una pregunta muy simple. ¿Qué hago aquí?

No tenía una respuesta.

Y durante mucho tiempo pensé que encontrarla dependía de cambiar lo que había afuera.

Con los años entendí que la búsqueda era otra.

No estaba buscando un mejor trabajo.

No estaba buscando un mejor sueldo.

Ni siquiera estaba buscando emprender.

Estaba buscando sentir que pertenecía a mi propia vida.

Todavía hoy sigo sintiendo miedo.

Todavía hoy hay decisiones que me cuesta tomar.

Todavía hoy me equivoco.

No escribo esto porque haya encontrado todas las respuestas con Arte Sur.

Escribo esto porque durante mucho tiempo pensé que era la única persona que se sentía así.

Y si alguna vez tú también has abierto los ojos pensando "no me quiero levantar", si alguna vez has sentido que todo parece estar bien por fuera mientras por dentro algo no termina de encajar, quiero que sepas que no estás solo.

No tengo una fórmula para ofrecerte.

No tengo una receta.

Solo puedo compartir el camino que me ha tocado y he elegido recorrer.

Y contarte que, sin saberlo, ese camino terminaría llevándome de vuelta a mis propios orígenes.

Mucho tiempo después aparecería una feria artesanal.

Y mucho después de eso, una mermelada hecha por mi mamá.

Pero esa es otra historia.

Y creo que merece ser contada con calma.

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.