La primera persona que creyó en Arte Sur Chile

Hay momentos de la vida en que uno no necesita respuestas.

Necesita que alguien escuche las preguntas. Las incertidumbres que uno lleva dentro.

Así llegué ese día a la Unidad de Desarrollo Local de la Municipalidad de Santiago.

Con una mochila llena de frascos.

Y la cabeza llena de dudas.

Caminaba con paso firme, aunque el miedo me recorría cada célula del cuerpo.

Recuerdo perfectamente esa sensación.

Había trabajado durante días preparando esos frascos.

Había pensado un nombre.

Había hecho las primeras etiquetas.

Había imaginado una idea.

Pero, en el fondo, seguía sintiendo que todo podía ser una locura. Todavía dudaba de que realmente pudiera funcionar.

Porque cuando uno empieza a emprender ocurre algo muy curioso.

Por fuera parece que solo estás probando una idea.

Por dentro sientes que estás poniendo sobre la mesa una parte muy importante de ti. Estás haciendo una apuesta y, muchas veces, sientes que te estás jugando la vida en ella.

Y eso da miedo.

Mucho miedo.

Entré con esa mezcla de entusiasmo, ansiedad y vergüenza que solo entiende quien alguna vez ha llevado un proyecto bajo el brazo sin saber si alguien lo tomará en serio.

No conocía a nadie.

No sabía cómo funcionaba una oficina de emprendimiento.

Ni siquiera sabía qué preguntas hacer.

Solo sabía que necesitaba orientación.

Y que necesitaba que alguien me escuchara.

Sobre todo, necesitaba dejar de sentir que estaba recorriendo ese camino completamente sola.

Fue ahí donde conocí a Roger Rosas.

Nos sentamos a conversar.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos hablando.

Lo que sí recuerdo es que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no me preguntó por qué quería hacer todo eso.

Solo sonreía y me escuchaba.

Y hablé.

Mucho.

Más de lo que habitualmente suelo hacerlo.

Le conté que llevaba años buscando mi lugar.

Que había cambiado de trabajo varias veces.

Que había estudiado una segunda carrera pensando que ahí encontraría respuestas.

Que había probado distintos emprendimientos.

Que algunos habían durado muy poco.

Que otros ni siquiera habían alcanzado a despegar.

Y que, aun así, seguía sintiendo que todavía no encontraba aquello que realmente se parecía a mí.

En algún momento de la conversación sentí que debía aclararle algo.

Yo no hacía las mermeladas.

Las hacía mi mamá.

Eran sus recetas, sus manos y su experiencia las que estaban dentro de esos frascos.

Se lo dije casi como una confesión, porque de verdad pensaba que aquello podía ser un impedimento.

Le pregunté si podía iniciar un camino emprendedor con un producto que no elaboraba personalmente.

Roger me miró y respondió:

No me importa que tú no revuelvas la olla. Me importa que aprendas a vender.

Esa frase se me quedó grabada.

Hasta ese momento yo pensaba que, para tener derecho a levantar una idea, debía hacerlo todo con mis propias manos.

Preparar el producto.

Envasarlo.

Vestirlo.

Venderlo.

Saber responder cada pregunta.

Cargar con cada parte del proceso.

Roger me estaba mostrando otra cosa.

Mi mamá sabía hacer las mermeladas.

Yo tenía que aprender a abrirles camino.

También le hablé de la frustración que sentía.

Incluso se me escaparon algunas lágrimas cuando volvió esa sensación de nudo en la garganta. Esa frustración de no sentirme capaz de construir algo que me hiciera feliz, que me diera ganas de levantarme contenta cada mañana, con pasión, casi saltando fuera de la cama.

Porque emprender, al menos para mí, nunca fue una línea recta.

Ha sido un camino lleno de dudas.

De ideas que no funcionaron.

De empezar una y otra vez.

De preguntarme muchas veces si simplemente debía rendirme y dejarlo todo hasta ahí.

Y creo que esa parte pocas veces se cuenta.

Se habla mucho del éxito.

Se muestran los resultados, que son la parte visible de ese tan preciado éxito.

Pero muy pocas veces hablamos de la cantidad de veces que uno se siente completamente solo antes de que algo empiece a tomar forma o, tan siquiera, comience a funcionar.

Mientras hablaba, Roger no me interrumpía.

Escuchaba.

Miraba los frascos.

Volvía a mirarme.

Y seguía escuchando.

Con los años entendí que ese fue el verdadero regalo de aquella conversación.

No fue un consejo.

No fue una receta.

Fue sentir que alguien, por fin, estaba intentando comprender lo que yo todavía no sabía explicar del todo.

Él vio en mí cosas que ni siquiera yo era capaz de ver.

Lo supo antes que yo.

Cuando terminé de hablar, hubo unos segundos de silencio.

Después sonrió.

Miró nuevamente los frascos.

Tomó una fotografía con su celular.

Y me hizo una pregunta tan simple que, sin saberlo, cambiaría el rumbo de todo lo que vino después:

—¿Has participado alguna vez como expositora en una feria artesanal?

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.