Cuando entendí que no estaba vendiendo mermeladas
Ahí estaba.
Mi primera mesa montada por fin, después de tantos días pensando. Los frascos ordenados, el mantel puesto y yo tratando de aparentar una tranquilidad que definitivamente no sentía.
Había llegado el momento.
Después de tanto prepararlos, preguntar, imaginar escenarios y revisar todo una y otra vez, ya no quedaba nada más que hacer.
Solo esperar.
Y creo que esa fue la parte más difícil.
Porque no sabía qué esperar.
¿Se iba a acercar alguien?
¿Les iban a gustar los frascos?
¿Los encontrarían demasiado rústicos?
¿Entenderían lo que estaba intentando hacer?
¿Y si mis expectativas estaban muy por encima de la realidad?
Era mi primera feria y no tenía ninguna referencia para saber qué era normal o habitual. No había punto de comparación.
Así que simplemente me quedé ahí, observando, respirando profundo, intentando relajarme y disfrutar el momento que, para ser honesta, me resultó bastante difícil.
A medida que avanzaba la mañana, y después de conversar con mis compañeros de alrededor —que, por cierto, para muchos también era su primer evento—, el centro de Santiago comenzó a llenarse de personas que recorrían los distintos espacios abiertos ese día por el Día del Patrimonio.
Alrededor de las once o doce empezaron a pasar cada vez más visitantes frente a nuestra mesa.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
La gente se detenía.
Pero no solamente miraba los precios o preguntaba qué sabores teníamos.
Miraban los frascos con una expresión que al principio no entendí.
Después me miraban a mí.
—¿De dónde eres?
Y en mi cabeza pensaba: ¿Me están preguntando dónde vivo acá en Santiago o de dónde vengo?
—¿Dónde hacen estas mermeladas?
—En el sur —respondía rápido y sonreía.
—¿Esto es realmente rosa mosqueta? Porque yo sé de rosa mosqueta y es muy difícil de hacer. A ver, déjame probar.
Y entonces comenzaba a ocurrir algo que no había imaginado.
Sus caras se transformaban.
Las lágrimas asomaban.
Y comenzaban las historias.
Una persona tomaba un frasco y decía:
—Uy... hace como cuarenta años que no veía una mermelada de rosa mosqueta como esta.
Y casi inmediatamente aparecía un recuerdo.
La mamá.
La abuelita.
La casa en el campo.
Las caminatas buscando fruta.
Las manos manchadas después de recogerla.
La olla sobre la cocina a leña.
La cuchara de palo revolviendo.
Las horas esperando que la fruta llegara a ese punto que recordaban perfectamente, aunque hubieran pasado décadas.
Yo escuchaba sorprendida.
Porque para mí muchas de esas cosas eran cotidianas.
Había crecido viéndolas.
Para mí eran recuerdos de días. Para ellos parecían recuerdos de otra vida.
La rosa mosqueta, la mora silvestre, las cerezas, las ciruelas, las conservas de murta con membrillo de la temporada formaban parte de una manera de vivir que yo conocía desde niña.
Pero para muchas de las personas que estaban frente a mí eran recuerdos de una vida que había quedado muy lejos.
—Dame un frasco —me decían casi sin dudar.
Muchos ni siquiera preguntaban el precio.
Simplemente sacaban un billete y pagaban.
No cuestionaban nada.
Se llevaban los frascos como quien acaba de encontrar un pequeño tesoro. Sonreían y los guardaban.
Y mientras avanzaba el día comenzaron a llegar más adultos mayores.
Muchos acompañados por sus hijos o nietos.
El Día del Patrimonio tiene precisamente esa magia: las personas salen a recorrer lugares históricos, a recordar y a contarles a las nuevas generaciones cómo había sido Santiago, cómo habían vivido ellos y de dónde venían.
Y, de pronto, en medio de ese recorrido, se encontraban con nuestros frascos.
Con algo que no estaba dentro de una vitrina.
Con algo que podían tocar.
Oler.
Probar.
Y recordar.
Ahí las conversaciones empezaron a hacerse más largas.
Algunas personas se emocionaban muchísimo.
Me contaban que habían nacido en regiones, por lo general en algún pueblito del sur; que se habían venido a Santiago siendo jóvenes por trabajo, habían formado sus familias aquí y nunca habían vuelto a vivir al campo.
Pero bastaba mirar una mermelada de rosa mosqueta o de mora silvestre para que apareciera nuevamente esa infancia.
Y empezaron los abrazos.
También algunas lágrimas.
De ellos.
Y mías.
Porque cuando alguien te cuenta que hace cuarenta o cincuenta años no prueba algo que le preparaba su mamá, y esa persona ya no está en este plano, ya no estás hablando solamente de comida.
Estás entrando, por unos minutos, en una parte muy íntima de su historia.
Ese día comprendí algo que después se repetiría cientos de veces durante los años siguientes.
Una conserva campesina nunca ha sido solamente una forma de guardar alimento.
Detrás hay una manera de entender la vida.
Se recolecta cuando hay abundancia.
Las frutas se respetan en su temporada.
Lo que te entrega el verano se transforma cuidadosamente para poder disfrutarlo cuando llegue el invierno.
Fruta.
Azúcar.
Una cuchara de palo.
La cocina a leña.
Paciencia.
Y tiempo.
Pero mientras se hace una mermelada también ocurren muchas otras cosas.
Se conversa.
Se cuentan historias.
Los mayores enseñan.
Los niños observan.
Las recetas pasan de una generación a otra, muchas veces sin estar escritas en ninguna parte.
Solo la palabra.
Solo el boca a boca.
Se aprende cuándo recoger la fruta, cómo reconocerla madura, cuánto cocinarla y cómo conservarla.
La comida también es una forma de transmitir conocimiento.
Y, de pronto, empecé a entender por qué aquellos frascos generaban tanta emoción.
No estaban recordando solamente un sabor.
Estaban recordando personas.
Lugares.
Momentos.
Una forma de vivir.
Ese domingo yo había llegado preocupada por saber si mis mermeladas iban a estar a la altura de lo que las personas esperaban en un evento como ese.
Al final del día entendí que había estado mirando el problema desde el lugar equivocado.
La gente no estaba buscando perfección.
Estaba reconociendo algo.
Y yo tenía frente a mí algo muchísimo más importante de lo que había imaginado.
Una parte de nuestra cultura alimentaria seguía viva dentro de esos frascos.
Lo más bonito es que aquello no terminó ese día.
Han pasado muchos años y todavía ocurre lo mismo que en aquella primera feria.
Todavía alguien se acerca, toma un frasco de rosa mosqueta y me cuenta de su mamá.
Todavía alguien recuerda haber salido a recoger moras siendo niño.
Todavía aparecen historias de abuelas, cocinas a leña, huertos, inviernos y familias completas reunidas alrededor de una preparación.
Y yo sigo haciendo lo mismo que hice aquella primera vez.
Escuchar.
Porque creo que ahí está una de las cosas más importantes que aprendí en aquella feria.
Yo pensaba que había ido a mostrarle algo a las personas.
Y fueron ellas las que terminaron enseñándome a mí qué era realmente lo que tenía entre las manos.
Ese día entendí que no estaba vendiendo mermeladas.
Estaba ayudando a despertar recuerdos.
Estaba tocando corazones a través de las emociones.
Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.
