La oportunidad

Cuando Roger terminó de escucharme, sonrió.

Miró nuevamente los frascos.

Les tomó una fotografía con su celular.

Y me hizo una pregunta.

—¿Has participado alguna vez como expositora en una feria artesanal?

Creo que mi respuesta salió antes de terminar de pensarla.

—Sí, osea no, es decir si quiero participar le respondí.

La verdad es que nunca lo había hecho.

Pero en ese momento la emoción fue más rápida que la razón.

Roger sonrió.

Como si ya supiera la respuesta antes de hacer la pregunta.

Entonces me dijo que la Municipalidad de Santiago estaba organizando una feria por el Día del Patrimonio.

Faltaban pocos días.

Y había un espacio disponible.

Si quería, podía participar.

Todavía recuerdo esa mezcla de emoción y susto.

Lo empecé a bombardear con preguntas.

¿Cuántos productos tenía que llevar?

¿Cómo debía montar el puesto?

¿Había mesas?

¿Necesitaba algún permiso?

¿Qué pasaba si no vendía nada?

Roger me escuchó unos segundos y luego respondió con una tranquilidad que todavía recuerdo.

—Eso lo tienes que resolver tú.

En ese momento entendí que él podía abrirme una puerta.

Pero cruzarla dependía completamente de mí.

Cuando terminó de inscribirme, salí de la Municipalidad sintiendo que el mundo era distinto.

No porque hubiera vendido un solo frasco.

Ni porque ya tuviera un negocio.

Sino porque, por primera vez, alguien había confiado en mí lo suficiente como para darme una oportunidad.

Y eso, cuando uno lleva años dudando de sí mismo, pesa muchísimo.

Caminé varias cuadras sonriendo sola.

Tenía ganas de llamar a todo el mundo.

De contar lo que acababa de pasar.

No me habían dicho que no.

Todo lo contrario.

Me habían escuchado.

Habían creído en mí.

Y ahora tenía una responsabilidad enorme.

Prepararme.

Lo primero que pensé fue en mi mamá.

Hasta ese momento yo seguía trabajando.

Hacía turnos en unidades de alta complejidad y además extra vendía seguros. 

Probaba distintas cosas intentando encontrar mi lugar.

Ella veía todo eso.

Y probablemente pensaba que esta era una idea más.

Una de tantas.

Pero esta vez era diferente.

Así que preparé una mochila.

Y viajé a Melipeuco.

Necesitaba contarle lo que estaba pasando.

Cuando llegué, le expliqué que había sido invitada a participar en una feria por el Día del Patrimonio.

Que necesitaba productos.

Que quería intentarlo de verdad.

Ella me escuchó con esa mezcla de cariño y preocupación que solo una mamá sabe tener.

Me abrazó.

Y me preguntó varias veces:

—¿Hija... estás segura?

Yo respondía que sí.

Aunque, si soy completamente honesta, no estaba segura de nada.

Y creo que ella lo sabía.

Aun así, nunca intentó detenerme.

Hizo lo que siempre había hecho.

Apoyarme.

Abrimos su despensa.

Empezamos a revisar los frascos que había preparado durante la temporada.

Había mermeladas de cereza.

De guinda.

De rosa mosqueta.

De mora silvestre.

Algunas salsas.

Castañas en almíbar.

Y muchos otros productos que todavía conservaba.

Fuimos seleccionando uno por uno los que llevaríamos a Santiago.

Terminamos reuniendo cerca de cincuenta frascos.

Cuando los vi todos juntos entendí que, por primera vez, tenía suficiente para presentarme en una feria.

Volví a Santiago con el auto y la cabeza completamente llenos.

Durante los días siguientes no pensé en otra cosa.

Había que vestir los frascos.

Preparar nuevas etiquetas.

Revisar una y otra vez que todo estuviera bien.

Contarlos.

Ordenarlos.

Imaginar cómo se verían sobre una mesa.

Cada noche los cambiaba de lugar.

Los volvía a mirar.

Sentía que todavía les faltaba algo.

Y volvía a empezar.

Faltaban solo unos días.

Ahora sí iba en serio.

Ya no era una idea.

Ya no era una conversación.

Había una fecha.

Un lugar.

Y personas esperándome.

El Día del Patrimonio.

Un domingo de mayo.

Afuera de la Iglesia San Francisco.

Esa noche casi no pude dormir.

No tenía idea de que estaba a punto de vivir uno de los días más importantes de mi vida.

 

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.