La primera feria

Durante toda esa semana previa, mi cabeza no descansó ni un solo día.

Cada vez que terminaba de trabajar, llegaba a la casa pensando en la feria que se venía ese domingo 25 de mayo de 2014.

Volvía a ordenar los frascos.

Los contaba.

Los miraba y los cambiaba de lugar.

Después los volvía a contar, como si por arte de magia fueran a aparecer más.

No tenía ninguna experiencia.

No conocía a nadie que hubiera participado en esa feria.

Tampoco había redes sociales donde pudiera preguntar por experiencias que me sirvieran de referencia.

Esta vez era saltar al vacío.

Todo era prueba y error.

Recuerdo que me hacía preguntas que hoy parecen muy simples.

¿Con qué voy a decorar la mesa?

¿Cómo voy a ordenar los frascos?

¿Los agrupo por sabor?

¿Los pongo por tamaño?

¿Y si nadie se acerca?

¿Y si se acercan muchas personas al mismo tiempo?

¿Y si alguien me hace una pregunta que no sé responder?

Cada noche aparecía una duda distinta.

La ansiedad me estaba consumiendo.

Y cada noche encontraba alguna forma de calmar mi mente y seguir avanzando hacia ese día.

El sábado, por última vez, revisé las etiquetas.

También revisé los sombreros de tela.

Limpié cada frasco.

Quería que todo se viera bonito.

No perfecto.

Bonito y acogedor.

Porque sentía que cada detalle hablaba de nosotros.

Aunque, en ese momento, todavía no existía ese “nosotros”.

Solo estaba yo.

Y una idea que estaba aprendiendo a caminar.

Esa noche preparé todo.

Los frascos.

La mesa.

El mantel.

Las cajas.

La ropa que usaría al día siguiente.

Creo que revisé todo unas diez veces.

Dormí muy poco.

Más que dormir, esperé que amaneciera.

Cuando sonó el despertador, todavía era de noche.

Me preparé en silencio.

Cargué el auto.

Respiré profundo.

Y emprendí camino hacia el centro de Santiago.

El evento comenzaba a las diez, pero yo tenía que estar allá dos horas antes para poder organizarme con calma.

Mientras manejaba, sentía un nudo permanente en el estómago.

No era miedo a vender.

Era miedo a descubrir que, quizás, mi idea no le importaba a nadie.

Llegué temprano.

Creo que demoré menos de lo que había estimado. En un parpadeo, ya estaba buscando dónde estacionarme.

La Iglesia San Francisco comenzaba a llenarse de movimiento.

Había personas descargando cajas y sillas.

Otros barrían la entrada.

Algunos armaban estructuras.

Se escuchaban saludos.

Algunas risas.

Martillos.

Mesas arrastrándose.

Rápidamente pensé:

Estoy atrasada.

Empecé a sudar frío.

Me estacioné lo más rápido que pude y me bajé tratando de encontrar a Roger entre la multitud.

Mientras avanzaba, miraba todo intentando aprender.

Era la primera vez que hacía algo así.

Por fin encontré a Roger.

Me indicó dónde nos ubicaríamos, cuál sería mi lugar y me presentó al resto del equipo.

Respiré aliviada.

Entonces empecé a bajar las cajas.

Abrí el mantel.

Lo extendí sobre la mesa.

Y, uno por uno, fui poniendo los frascos en su lugar, las muestras para degustar, la fruta de decoración, galletitas y las flores, por supuesto debian haber flores.

Todavía recuerdo que, cuando terminé de ordenar el último frasco, me alejé unos pasos.

Miré el puesto completo.

Sonreí.

Y pensé:

Ahora sí… ya no hay vuelta atrás.

 

Este es nuestro Arte. Este es nuestro Sur.